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>MATAR AL MENSAJERO

23 Sep

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Sólo mil millones de personas, de las casi seis mil que viven en el planeta, disfrutan de libertad de prensa y expresión. El resto del mundo -países comunistas, algunos capitalistas y principalmente el Sur- vive privado de esa libertad o recibe unas migajas a cambio del llamado “silencio de los pobres”.Unos cuantos locos han declarado la guerra a ese mutismo y a los que lo provocan. Sus armas son unas plumas, unos cuantos ordenadores y unas cámaras de fotos. Son periodistas. Han formado un colectivo por la libertad y cada año varios pierden la vida en un campo de batalla.
Texto: Mariló Hidalgo
Los integrantes de esta peculiar tribu -término por ellos acuñado- son escasos. Tienen un especial olfato para aterrizar -unas veces casual y otras deliberadamente- en lugares de conflicto, guerras o allí donde algo se mueve. Un día deciden olvidarse de ellos mismos para ser los ojos y oídos de la verdad -o por lo menos intentarlo-, y recoger con detalle todo cuanto ocurre a su alrededor para contárselo al mundo a costa de lo que sea. Quizá por ello llevan estampado en la frente un sello de autenticidad que les distingue. Algunos han dado la vida por ello. La foto era sencilla pero tenía la fuerza suficiente para no dejarte impasible. Era una gran caravana de tractores cargados de personas y equipajes atados con cuerdas. Circulaban despacio por carreteras serpenteantes en medio de un paisaje montañoso. Eran campesinos que habían tenido que tomar una decisión rápida: cambiar sus tierras, sus casas, su vida por un éxodo hacia ningún lugar. Había hombres que lloraban, niños dormitando en el regazo de sus madres que no podían ocultar su rostro de dolor e impotencia, mucha impotencia. Al pie de la foto se añadía un comentario sobre el problema de los refugiados kosovares en Albania.
José Luis Márquez también ha grabado escenas que han dado la vuelta al mundo. Es uno de los mejores cámaras que tiene Televisión Española y según el periodista y escritor Arturo Pérez Reverte -que lo inmortaliza en su libro “Territorio Comanche”-, es uno de los cuatro mejores cámaras del mundo. Reconocimiento que apoya el resto de la tribu: “sólo se consiguen buenas imágenes estándo cerca del infierno y él siempre está allí”. No se ha perdido ningún conflicto desde hace veinte años y no trabaja por dinero, ni por fama. “A mi no me conocen más que mi mujer, mis padres y algún amigo. Creo que en momentos, mi Angel de la Guarda pensará ¡éste podría trabajar en el Banco de Bilbao!”, comenta con ironía hablando de su trabajo que también forma parte de su pasión ya que no se visualiza haciendo otra cosa. Una de las escenas más fuertes que han pasado por su objetivo fue la matanza por parte del ejército chino de los estudiantes en la plaza de Tiananmen (1989), pero la experiencia más dura a nivel personal quiza fue la de Eritrea: “Fuimos para una semana y estuvimos tres meses en condiciones límite: sin comida, agua, durmiendo en el suelo… llegamos a adelgazar veinte kilos. Caminamos 3.800 kilómetros, manteniéndonos con un puñado de trigo tostado al día que nos hacía un agujero en el estómago. Después de aquello, el hecho de que disparen o caiga un mortero no es duro. Cae, no te han dado y sigues”. Márquez ya lleva veinticinco años con su Betacam de catorce kilos al hombro, baterías, foco, trípode, además del pesado chaleco antibalas. Ha subido montañas, ha corrido por las calles evitando a los francotiradores, ha grabado con un sol de justicia y con un frío que le impedía sentir los dedos. Ha llorado pero siempre procurando que no se empañara el objetivo. “Vivo al límite, ¿y qué?. No lo pienso. Si lo hiciese no iría”.
Javier Bauluz, periodista asturiano y premio Pulitzer de fotografía, asegura que son sólo tres locos los que hacen este tipo de trabajo. “Tres que pasamos por encima de todo lo que nos ponga por delante porque es nuestra forma de vida. Personalmente me gusta ir a los lugares en conflicto, vivir historias y sobre todo poder transmitirlas para que todo el mundo se entere de lo que allí ocurre. Me alucina entrar en un hipermercado y encontrar veinticinco marcas de judías cuando vienes de Chiapas donde ves a la gente descalza, sin alimentos ni mantas y donde las mujeres llevan cincuenta kilos de leña a la espalda para poder calentarse. Eso hay que contarlo. Por ello, yo me voy por libre dónde sé que hay gente que está peleando: Chiapas, Chile, Israel, Perú, El Salvador, Sarajevo, Ruanda. ¿Mi próximo destino?… no lo sé”.
Juantxu Rodríguez también era bueno. Trabajaba como fotógrafo para El País y en aquella ocasión iba de compañero con Maruja Torres a Panamá. “Tengan cuidado, los hombres de Noriega han tomado el país”, advierte el gerente del hotel a los periodistas -relata Maruja Torres en su libro “Amor América”-. La mayor preocupación de los periodistas era ponerse en contacto con el periódico para contar lo que estaba sucediendo. “Tenía una invasión ante mis narices -comenta Maruja Torres con su peculiar humor- y no podía transmitirla porque el télex del hotel no funcionaba. Salimos. En aquel momento, varios vehículos norteamericanos hicieron su aparición doblando la esquina. Sentí alivio porque no eran panameños, pero pronto llegó el temor: estaban disparando. Se había organizado un fuego cruzado entre los propios marines y los periodistas estábamos en medio. Juantxu alzó la cámara con las dos manos y caminó hacia la puerta del hotel. A mí me empujaron para resguardarme de los tiros y acabé tirada bajo un coche con el tubo de escape en la espalda y rezando a no sé quién para que no cayese una bala sobre el depósito de gasolina. Pensé que Juantxu había huído rumbo a la playa. Luego me llamó un compañero y me lo comentó: Han matado a Juantxu y las agencias norteamericanas dicen que han sido francotiradores panameños. Siempre he creído que a los periodistas nos dispararon deliberadamente para borrar testigos de su equivocación. A Juantxu le metieron una bala en el ojo izquierdo pero nunca se llegó a analizar el proyectil”, finaliza Maruja Torres.
Otro de nuestros action junkies (adictos a la acción), como dicen los periodistas anglosajones, es el periodista Alfonso Rojo. Aunque estuvo presente en todos acontecimientos mundiales de los últimos tiempos: Nicaragua, El Salvador, Afganistán, Líbano, Rumanía, Unión Soviética, Yugoslavia, Sudáfrica, Chechenia, saltó a la fama cuando su olfato le llevó a quedarse en Bagdag en 1991, siendo el único corresponsal de un medio escrito occidental que informó puntualmente sobre la Guerra del Golfo, aunque aquello le costara una pelea con Peter Arnett de la CNN porque no le dejaba utilizar el teléfono en el Rachid de Bagdad. Si le preguntas a Alfonso Rojo la razón por la cual viaja una y otra vez al ojo del huracán te contesta rápidamente: “Somos cronistas de conflictos, gente que se dedica a ir de guerra en guerra, disturbio, insurrección y cualquier muestra de locura humana que se cruce en el camino, y no lo hacemos por un sueldo ni por alimentar a una familia sino porque nos gusta caminar por el filo de la navaja y escapar a la rutina”.
Manu Leguineche, reconocido por la tribu como perro viejo del periodismo, confiesa que lo hace porque le apasiona la historia, vivirla y poder contarla. “Me parece una suerte ir contando la historia a medida que fluye. Se viven miedos, muertes, pero no es para glorificar al periodista, ni mucho menos. El periodista debe ser como el demiurgo, el intermediario en medio de todo el follón. En cuanto estalla un conflicto debo coger un avión e irme, es mi necesidad”.
La guerra relámpago de Krajina en 1994 cuando Croacia atacó a Serbia, pilló desprevenida a la tribu. Allí estaba Javier Reverte, antes corresponsal en Londres y París, y en la actualidad periodista de la agencia Fax Press y viajero empedernido. Y es que el olfato es una cualidad que se va desarrollando con el tiempo, aunque algunos juegan con ventaja porque han nacido con ella. Chipre, 1975. Luis Pancorbo periodista de Televisión Española, conocido por sus documentales “Otros Pueblos”, aterrizó en plena invasión de Chipre por los turcos. Había viajado hasta allí para cubrir el derrocamiento del presidente Macarios -un acontecimiento político a nivel internacional- y se encontró junto a otros periodistas en primera línea de fuego entre los greco y los turcochipriotas. Así estuvo una semana hasta que acudió la ONU a rescatarles. Arturo Pérez-Reverte, que también se encontraba allí, recuerda cómo tuvo que arrastrarse junto a Luis Pancorbo por el vestíbulo del hotel esquivando los tiros que los turcos disparaban desde la piscina. “No querían a tipos molestos”, comenta irónico Pérez-Reverte.
Estos son sólo algunos de los profesionales de la pluma y de la imagen que están detrás de las informaciones que recibimos en nuestras casas. A ellos les conocemos, y reconocemos su trabajo. Pero hay otra parte de la tribu dispersa por medio mundo que no trabaja en medio de un bombardeo, ni está dentro de un campo de refugiados y no obstante sus vidas penden de un hilo que a veces se rompe.
Foto: Lupi

COMPROMISO CON LA VERDAD
El 25 de enero de 1997 se descubre el cadáver carbonizado del fotógrafo argentino José Luis Cabezas, cerca del Balneario de Pinamar (Buenos Aires), con una bala en la cabeza y las manos atadas detrás de la espalda con esposas. El año anterior, el fotógrafo había ilustrado una investigación sobre la corrupción de policías y también siguió la pista de un implicado de lujo, uno de los más importantes hombres de negocios del país.
En Rusia la periodista Larissa Youdina fue asesinada por investigar un caso de malversación del presidente de la República autónoma de Kalmoukie. Los asesinos no llegaron nunca a ser identificados y por lo tanto su caso como tantos otros terminó archivado por falta de pruebas.
Ellos son sólo dos de los nombres que integran una lista negra de más de seiscientos periodistas asesinados en los últimos diez años por intentar informar. No han muerto pisando una mina o cubriendo un conflicto armado sino “a manos de bandas parapoliciales o paramilitares, organizaciones mafiosas, matones a sueldo de políticos corruptos o grupos de presión económica que operan en la impunidad con toleracia de facto, el beneplácito o incluso la complicidad de algunos gobiernos”, informa Fernando Castelló, presidente internacional de Reporteros sin Fronteras. Esta ONG señala en su informe anual que han sido 19 los periodistas muertos el pasado año en el ejercicio de sus funciones, o asesinados por su actividad. “El periodista sólo lleva su cámara, su lápiz o como mucho su ordenador -reflexiona Luis Pancorbo-. Es una víctima fácil, un testigo incómodo de la realidad, de los abusos y por tanto como va desarmado, pasa a ser carne de cañón”. El trabajo de un periodista en un país donde no existe democracia es muy arriesgado. “Si quiere escribir la verdad en esas condiciones -apunta Javier Reverte- puede llegar a ser muy molesto no sólo para ese régimen no democrático sino también para las mafias. Argelia es un buen ejemplo”. Aunque cada vez que se sale de casa rumbo a cualquier sitio o a cualquier noticia, la muerte forma parte indiscutible del equipaje, para los integrantes de la tribu no es precisamente una idea que anide demasiado tiempo en sus mentes. “A mí no me gustaría morir -asegura Alfonso Rojo-. Ahora, si piensas que puedes ser uno de ellos, nunca harías cosas. Una de las cuestiones esenciales de la profesión es partir del supuesto de que lo malo siempre le toca a los otros”. Para el cámara José Luis Márquez todo forma parte de una macabra lotería. “Sé que vivo al límite y al igual que pienso que a mí no me va a tocar, también soy consciente de que llevo un número y un día saldrá”.
La cárcel es otra medida de seguridad muy empleada para garantizar el silencio de estos mensajeros. El número de periodistas encarcelados, con o sin juicio, por haber ejercido su profesión apenas ha variado el pasado año -recoge el informe de Reporteros sin Fronteras- ya que todavía son casi una centena, sin contar el total de 487 que fueron sometidos a interrogatorios. “No hay libertad sin libertad de prensa -reflexiona Fernando Castelló-. Ni ésta si los pueblos no pueden ejercerla. Los periodistas podemos y debemos contribuir a esa tarea a través de la defensa de la libertad de prensa y de sus profesionales en el mundo: denunciando su ausencia o los atentados contra ella y ellos, allí donde se cometan; apoyando a los periodistas encarcelados; contribuyendo a la formación de profesionales y a la creación o mantenimiento de medios de expresión. Debemos trocar el ruido y la furia de la violencia por el diálogo y la tolerancia; cambiar los fusiles por las plumas, las cámaras, los micrófonos; quitar las sordinas informativas que se ponen al clamor silenciado de los pobres y dar, así, un sentido a sus vidas. Y a las nuestras”.
Fuentes: “100 fotos por la libertad de prensa.1998” e “Informe sobre la libertad de prensa en Iberoamérica y el resto del mundo” de Reporteros sin Fronteras. “Mujer en guerra” y “Amor América” de Maruja Torres.
Foto: Juan González
REPORTER0S SIN FRONTERAS EL DERECHO A CONTAR
Texto: Elena F. Vispo.
Quién mejor que un profesional para informar del tema. Por eso nació Periodistas Sin Fronteras, una ONG que agrupa a periodistas de todo el mundo para luchar por la libertad de prensa.
Curiosamente para la actividad que despliegan, Periodistas Sin Fronteras (Reporters Sans Frontieres) es una asociación muy joven. Nació en el año 85, pero no fue hasta el 89 cuando sus objetivos se concretaron en la lucha por la liberación de los periodistas encarcelados y la libertad de prensa. En estos diez años ha habido de todo: un boletín mensual y un informe anual dan fe de ello, dejando constancia de atentados a la libertad de prensa en casi 50 países, todas las pequeñas luchas en las que RSF se ha implicado.
RSF usa diversos medios con un solo objetivo: localizar y denunciar la falta de libertad de prensa allí donde se produzca. La localización se consigue mediante el seguimiento de la actualidad y con el envío de grupos de trabajo a las zonas afectadas. Mientras, más de 90 corresponsales de RSF o afines recogen y verifican la información. Una vez confirmado, empiezan las acciones.Una de las que más seguimiento consigue es la Jornada de Apadrinamientos. De este modo un medio de comunicación se encarga de un periodista encarcelado hasta que sea liberado. Esta fue una de las primeras acciones de la organización y hoy en día decenas de publicaciones, emisoras de radio y cadenas de televisión se han apuntado a la idea. También se organizan acciones de protesta, en función de las visitas de personalidades de países donde la libertad de prensa no se respete.
Cada año se otorga el Premio Reporteros Sin Fronteras en cada una de las secciones (RSF tiene secciones en España, Alemania, Francia, Suiza, Austria, Bélgica y Suecia, además de socios en más de veinte países). Por otro lado, RSF apoya a los periodistas y medios víctimas de represión, con ayudas jurídicas (pago de multas, envío de abogados…) y humanitarias (ayuda económica a los familiares de periodistas asesinados o heridos…). En sólo diez años RSF se ha convertido en órgano consultivo de la Unesco, de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU y del Consejo de Europa. Al menos, la voz de los que se arriesgan por contar lo que pasa se escucha un poco más alto. http://www.revistafusion.com/1999/agosto/temac71.htm

 
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Publicado por en 23 septiembre, 2007 en Noticias

 

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